"Porke no es tan fácil encontrar un cómplice en la vida", esas fueron las palabras de Charly en el capítulo final de la serie Soy tu Fan. Yo encoontré a mi cómplice. Él es kien me defiende aunke pueda defenderme yo sola; él aguanta vara cuando me pongo muy triste o muy loka; él baila conmigo aunke no le guste, nadamás porke yo se lo pedí... pero también hace comentarios de mi sobrepeso justo cuando acabamos de hacer el amor o se keda dormido mero cuando yo kiero que me abrace y acaricie mi cabello; también es malo para consolarme cuando estoy llorando y pocas veces chulea mi atuendo, mis zapatos nuevos o esa blusa negra que me compré pensando en que le gustaría y con la cual dice parezco señora; incluso se olvida fácilmente de las cartas, recaditos o videos que le hago en su cumpleaños o simplemente porke lo extrañaba, las agradece pero no vuelve a recordarlas hasta que se las encuentra por casualidad y sabe que aún no las ha perdido o tirado.
Sin embargo, sus formas de demostrarme que me ama son más pragmáticas, por ejemplo: se encarga del abasto alimenticio cuando a mi se me acabó el varo; me presta su ekipo para que chambeé y sake una lana extra; me prepara hot cakes; me compra 2 kilos de plátano macho y me los prepara fritos con harta lechera, mermelada y un chingo de crema porke tuve un antojo, además se disculpa por no haber conseguido las chispas de chocolate. Se hace el gracioso cuando sabe que lo observo; me da masaje en los pies cuando sabe que estoy muy cansada y me deja dormir hasta tarde cuando estoy en plan de echar la weva.
Quisiera que mi cómplice fuese a veces más cariñosito, que acariciara mi espalda, que cuando me recargo en su pecho acariciara mi cabello, mi cuello, mis hombros y luego frotara dulcemente mis nalgas (de hecho pocas veces toca mis nalgas y mis piernas, será acaso porke es lo más feo de mi cuerpo), kisiera que mi cómplice sintiera que trae de la mano a una viejota y que me viera tan atractiva como todo akel al que le gusto; que hablara más seguido de que soy guapa, de cuánto le gusto, de cómo me desea, de lo bonitos que son mis senos, mi cintura, la suvidad de mis piernas recién depiladas, de lo carnoso y ricos que son mis labios, de lo bien cogido que lo dejo. Quisiera que esos sus ojitos de botón se me kedaran viendo embobados como cuando ven a una buenona en pantalón ajustado y tacones caminar por la calle.
Sí, es muy difícil encontrar a un cómplice en la vida y aunke ya lo encontré y lo tengo caminando junto a mí, no puedo decir que mi vida en pareja sea espléndida, por ejemplo, me molesta enormemente que digan que es mi esposo o que soy su esposa, me enoja que su padre me presente como su nuera o como la prometida de su hijo NOOOOO!, soy sólo su novia, él es mi pareja, somos novios y nOOOOOO, repito Y SUBRAYO CONTUNDENTEMENTE NOOOOOO, NOOOOOOO, NOOOOOOOOOOOOO SOMOS ESPOSOS!!!!!!!!!!.
Psicológo
Mañana como a eso de las 8am será mi primera sesión de terapia psicológica, un psikiatra me canalizó pa llá después de un largo interrogatorio. Al parecer no estoy tan mal, creí que necesitaba medicamentos pero sólo me van a "terapiar". Llevaré blusa blanca, zapatillas rojas y pantalón de mezclilla oscura, esta vez no usaré sombrero.
Ese documental "Y tú qué sabes?" me ha conmovido, me hizo incluso intercambiar esas teorías con mi sikiatra (uno de los mejores en el hospital, especialista en autismo) y él dice que no cree que seamos adictos a los químicos generados por el cerebro a partir de nuestras emociones; sin embargo sus argumentos no fueron convincentes y me quedo con el sí, definitavemente somos adictos. Quisiera que me fotografiaran el cerebro, que lo radiografiaran, lo cartografiaran y me dieran la receta para deshacerme de estos miedos y prejuicios absurdos; quisiera entender en lo absoluto que brillo entre la gente como alguien por ahí me lo hizo saber algunas veces.
Quiero, amables lectores, ponerlos al tanto de mi vida, quiero contarles de los caminos que he recorrido,los labios que he besado, de las veces que he palidecido, pero sobre todo de cuando me pongo chinita cada vez que mi hombre me hace el amor. Empezaré por deciros que me ha cambiado el rostro, antes más redondo, cual luna llena; hoy afilado y duro. Los ojos, ahora más grandes y la piel ahora más tostada dan cuenta de una nueva yo, de una nueva yo viviendo en pareja.
Uno gobernado por los gemelos astrales es mi compañero, uno delgado con ojos de botón es quien camino al lado mío, él, inaudito casi espejismo, me acaricia todas las noches mientras nos disponemos a dormir en un colchón de 4 mil pesos acomodado en el suelo. Él, experto en comida poblana, me cocina coliflor con crema, elote, chile poblano y pechuga, y a mí me gusta, incluso aunque la coliflor sea inapetecible en otros platos. Él, mi hombre, se convierte en niño cuando pongo su cabeza entre mis piernas y lo cobijo con la cara interna de mis muslos y lo acaricio del cabello, las mejillas, y más tarde veo cómo se desvanece el niño para dar paso al hombre erecto y humedecido. Así somos, impredecibles, pero así comos somos nos entendemos y hasta nos hacemos falta, antes creía que eso de la pareja ideal ocurría únicamente en las pelis rosas, ahora veo que en efecto, sólo ocurren en las novelas rosas pero todos los amores de la vida real empiezan a sí rosas y se mantienen de ese modo por un rato hasta que la costumbre o los problemas del cotidianos acaban con el encanto.
En otro momento continuaremos este relato, porque debo descansar los ojos para que mañana no me cierren a lo largo de todo el día.
Milai, sobreexpuesta.
Ese documental "Y tú qué sabes?" me ha conmovido, me hizo incluso intercambiar esas teorías con mi sikiatra (uno de los mejores en el hospital, especialista en autismo) y él dice que no cree que seamos adictos a los químicos generados por el cerebro a partir de nuestras emociones; sin embargo sus argumentos no fueron convincentes y me quedo con el sí, definitavemente somos adictos. Quisiera que me fotografiaran el cerebro, que lo radiografiaran, lo cartografiaran y me dieran la receta para deshacerme de estos miedos y prejuicios absurdos; quisiera entender en lo absoluto que brillo entre la gente como alguien por ahí me lo hizo saber algunas veces.
Quiero, amables lectores, ponerlos al tanto de mi vida, quiero contarles de los caminos que he recorrido,los labios que he besado, de las veces que he palidecido, pero sobre todo de cuando me pongo chinita cada vez que mi hombre me hace el amor. Empezaré por deciros que me ha cambiado el rostro, antes más redondo, cual luna llena; hoy afilado y duro. Los ojos, ahora más grandes y la piel ahora más tostada dan cuenta de una nueva yo, de una nueva yo viviendo en pareja.
Uno gobernado por los gemelos astrales es mi compañero, uno delgado con ojos de botón es quien camino al lado mío, él, inaudito casi espejismo, me acaricia todas las noches mientras nos disponemos a dormir en un colchón de 4 mil pesos acomodado en el suelo. Él, experto en comida poblana, me cocina coliflor con crema, elote, chile poblano y pechuga, y a mí me gusta, incluso aunque la coliflor sea inapetecible en otros platos. Él, mi hombre, se convierte en niño cuando pongo su cabeza entre mis piernas y lo cobijo con la cara interna de mis muslos y lo acaricio del cabello, las mejillas, y más tarde veo cómo se desvanece el niño para dar paso al hombre erecto y humedecido. Así somos, impredecibles, pero así comos somos nos entendemos y hasta nos hacemos falta, antes creía que eso de la pareja ideal ocurría únicamente en las pelis rosas, ahora veo que en efecto, sólo ocurren en las novelas rosas pero todos los amores de la vida real empiezan a sí rosas y se mantienen de ese modo por un rato hasta que la costumbre o los problemas del cotidianos acaban con el encanto.
En otro momento continuaremos este relato, porque debo descansar los ojos para que mañana no me cierren a lo largo de todo el día.
Milai, sobreexpuesta.
Mis padres.
Que va a necesitar oxígeno y un aparato, la enfermera le dijo que si estaba grave, del 1 al 10 él tiene 11 o más de gravedad. Está de buen ánimo, sonriente y gracioso. Ayer, mientras lo acompañábamos a su examen del sueño, lo miré de otra manera, con la luz de las 5 de la tarde, en la calle, sin el respaldo de su imperio, su casa y sus súbditos. Está muy canoso, su negro cabello, quebrado y delgado empieza a tornarse blanco y la vista, aunque aún jovial se le va avenjentando.
Mi madre, del otro lado, sube las escaleras trabajosamente, cojea y se impulsa con el pasamanos, no puede leer las letras chikitas de los libros en el camión en movimiento y hace mucho que no se maquilla para una fiesta.
Yo me veo muy vieja, a veces me dicen señora o doña, me da coraje pero no tengo los wevos para contestarles: "no soy señora pendejo". Tengo sexo cuando quiero, de las formas más alocadas, con mi Riki, por supuesto, sin que nadie me censure o me regañe, duermo con él sin importarme que al día siguiente el glamour se haya convertido en calabaza. Me ha visto sucia, fodonga y aún así dice que me ama. "¡Ay en la fodonguez te ves bien bonita, se te saltan más las chapas!", eso si es amor y no jaladas. "¿Te lavo tu vestido blanco? Voy a tender la ropa. Te preparé la comida chapis".
Lo amo y de cierta forma veo en nuestra relación resquicios de la relación de mis padres, sólo que con el ímpetu contemporáneo de dos profesionistas que intentan (sin lograrlo a veces) superar los prejuicios machistas con que crecieron nuestros progenitores.
Ver a mis padres tan maduros, vivos y felices después de todo lo que han pasado, después de tanto dolor, tanta desesperación, incertidumbre, pobreza, me hacen sentime felíz de haber encontrado un compañero como mi Riki.
Si esto perdura, así lo quiero y para ello estamos trabajando, quiero que cuando lleguemos a la edad que tienen mis padres, nos sintamos felices y nos extrañemos mutuamente así como ellos se extrañan, que nos pase así como cuando mi papito le llama a mi mamá para ver a qué hora regresa de ahí donde se fue o cuando mi mamá se asoma por la ventana de su cuarto en espera de que llegue él y duerman y despierten juntos y así, aún en la cama, platiken de nostros, sus hijos, de lo que hacemos y de lo que no hemos hecho, que hablen de las reparaciones de su casa que nuca se acaban y de a dónde se van a ir a desyunar al rato.
Amo a mis padres y por eso me voi por un año, para hacer las cosas bien y demostrarles que al menos por mí ya no tienen que preocuparse, que hicieron un buen trabajo y que ahora su esfuerzo está dando frutos.
Por haber nacido en esta familia he sido mil veces bendecida.
Mi madre, del otro lado, sube las escaleras trabajosamente, cojea y se impulsa con el pasamanos, no puede leer las letras chikitas de los libros en el camión en movimiento y hace mucho que no se maquilla para una fiesta.
Yo me veo muy vieja, a veces me dicen señora o doña, me da coraje pero no tengo los wevos para contestarles: "no soy señora pendejo". Tengo sexo cuando quiero, de las formas más alocadas, con mi Riki, por supuesto, sin que nadie me censure o me regañe, duermo con él sin importarme que al día siguiente el glamour se haya convertido en calabaza. Me ha visto sucia, fodonga y aún así dice que me ama. "¡Ay en la fodonguez te ves bien bonita, se te saltan más las chapas!", eso si es amor y no jaladas. "¿Te lavo tu vestido blanco? Voy a tender la ropa. Te preparé la comida chapis".
Lo amo y de cierta forma veo en nuestra relación resquicios de la relación de mis padres, sólo que con el ímpetu contemporáneo de dos profesionistas que intentan (sin lograrlo a veces) superar los prejuicios machistas con que crecieron nuestros progenitores.
Ver a mis padres tan maduros, vivos y felices después de todo lo que han pasado, después de tanto dolor, tanta desesperación, incertidumbre, pobreza, me hacen sentime felíz de haber encontrado un compañero como mi Riki.
Si esto perdura, así lo quiero y para ello estamos trabajando, quiero que cuando lleguemos a la edad que tienen mis padres, nos sintamos felices y nos extrañemos mutuamente así como ellos se extrañan, que nos pase así como cuando mi papito le llama a mi mamá para ver a qué hora regresa de ahí donde se fue o cuando mi mamá se asoma por la ventana de su cuarto en espera de que llegue él y duerman y despierten juntos y así, aún en la cama, platiken de nostros, sus hijos, de lo que hacemos y de lo que no hemos hecho, que hablen de las reparaciones de su casa que nuca se acaban y de a dónde se van a ir a desyunar al rato.
Amo a mis padres y por eso me voi por un año, para hacer las cosas bien y demostrarles que al menos por mí ya no tienen que preocuparse, que hicieron un buen trabajo y que ahora su esfuerzo está dando frutos.
Por haber nacido en esta familia he sido mil veces bendecida.
Milagroso 2010
Pensar en el pasado, llamarlo con el recuerdo hecho relato o lágrima o suspiro es tarea insensata y pobre, más recurrente de lo que se deseara y más inoportuna conforme avanzan los años. Sin embargo, hoy pensar en el pasado no me parece tan malo pues reafirma el infinitivo más conciso que ha permeado mi existencia: vivir.
Vivir no de oídas sino de andadas, con el instinto de aquel animal primigenio que soy, que he sido, vivir sujetándome a la vida con todos mis dientes y con las contracciones de orgasmos extravagantes cuyos fluídos bendicen la tierra de arriba para abajo.
Vivir o amar, que a final de cuentas es sinónimo, me ha hecho dueña del disfrute; pues he amado intensamente a cada uno de mis hombres, todos a su debido tiempo, me he entregado con todo lo que tengo y he caido al vacío con la venda del amor cerrándome los ojos, para al final ser más experta, deshacerme poco a poco de los miedos y aspirar a todo aquello aún no probado por mis sentidos.
La ruta que he trazado en mi camino, en la palma de mi mano, cuya línea de la vida tiene cada vez más longitud, hacen que me sienta orgullosa de los logros que hasta ahora son evidentes. Uno de ellos es mi pareja, que condensa en toda su persona aquello que alguna vez vi sólo en mis sueños más "guajiros", él es mi cómplice en muchos aspectos de mi vida y mi más férreo enemigo, es mi recompensa pero también mi talón de aquiles, es un cúmulo de virtudes pero al mismo tiempo el más imperfecto de los hombres, es en sí mi espejo convexo que dice sólo la verdad.
Ni el poeta más cursi se hubiera imaginado que esta mujer ambivalente llegaría al año 2010 sin ser corrompida, con el amor desbordándole en el pecho y con la desfloración del alumno que se hizo maestro. Como dirían por ahí: "confieso que he vivido" pues y que seguiré haciéndolo por muchos año más, mientras la muerte no me localice.
Vivir no de oídas sino de andadas, con el instinto de aquel animal primigenio que soy, que he sido, vivir sujetándome a la vida con todos mis dientes y con las contracciones de orgasmos extravagantes cuyos fluídos bendicen la tierra de arriba para abajo.
Vivir o amar, que a final de cuentas es sinónimo, me ha hecho dueña del disfrute; pues he amado intensamente a cada uno de mis hombres, todos a su debido tiempo, me he entregado con todo lo que tengo y he caido al vacío con la venda del amor cerrándome los ojos, para al final ser más experta, deshacerme poco a poco de los miedos y aspirar a todo aquello aún no probado por mis sentidos.
La ruta que he trazado en mi camino, en la palma de mi mano, cuya línea de la vida tiene cada vez más longitud, hacen que me sienta orgullosa de los logros que hasta ahora son evidentes. Uno de ellos es mi pareja, que condensa en toda su persona aquello que alguna vez vi sólo en mis sueños más "guajiros", él es mi cómplice en muchos aspectos de mi vida y mi más férreo enemigo, es mi recompensa pero también mi talón de aquiles, es un cúmulo de virtudes pero al mismo tiempo el más imperfecto de los hombres, es en sí mi espejo convexo que dice sólo la verdad.
Ni el poeta más cursi se hubiera imaginado que esta mujer ambivalente llegaría al año 2010 sin ser corrompida, con el amor desbordándole en el pecho y con la desfloración del alumno que se hizo maestro. Como dirían por ahí: "confieso que he vivido" pues y que seguiré haciéndolo por muchos año más, mientras la muerte no me localice.
Anita bis
Cuando más pequeñas ella y yo no éramos las mejores amigas, de hechos se puede decir que me disgustaba. De adolescente empecé a agarrarle el modo, aunque no puedo recordar los momentos buenos que pasamos juntas. Sólo de adulta fue como su mundo y el mío se acercaron hasta que llegó el momento en que dijo: "mírenla, ¿a poco no se parece a mí cuando era joven?"
Me recuerdo la gran mayorías de los momentos en que me hizo reír, algunos de ellos fueron cuando Aldo remaba en el agua de coladera que inundó el patio y mi mamana lo amenazó con un palo casi correteándolo hasta que él decidió parar con su odisea; o cuando dijo: "ya nos vamos" y al oir una canción movida empezó a bailar; o aquella vez en que fuimos juntas a comprar barbacha y yo le decía: "¿otro taco?" y ella decía siempre que sí, nunca decía que no.
Me recuerdo la gran mayorías de los momentos en que me hizo reír, algunos de ellos fueron cuando Aldo remaba en el agua de coladera que inundó el patio y mi mamana lo amenazó con un palo casi correteándolo hasta que él decidió parar con su odisea; o cuando dijo: "ya nos vamos" y al oir una canción movida empezó a bailar; o aquella vez en que fuimos juntas a comprar barbacha y yo le decía: "¿otro taco?" y ella decía siempre que sí, nunca decía que no.
Soñó con él akel día.
"Soñé que yo salía de la casa y veía caminando a mi abuelito de ese lado del río, yo corrí hacia él y le dije mientras lo abrazaba: "abuelito ya estás bien". Caminamos todo ese tramo hasta la esquina de agricultura y como yo iba a jugar con mis amigos, todos se habían reunido en la esquina con sus bicicletas, patinetas y todo eso. Él se recargó en el poste de la esquina y nomás me veía sonriéndome, sonriéndome todo el tiempo como cuando lo abracé.
"Yo ya estaba con mi amigos cuando en eso me dicen: "mira, tu abuelito se va a caer", yo volteaba y veía cómo se iba de lado hasta que cayó al piso, entonces corrí y lo levanté, lo llevé cargando hasta la casa y lo acostaba en la cama, entonces cuando lo veía estaba dormido y vestido de blanco.
"En eso, el llanto de mi pa´diciendo: "Mary se murió mi maestro" me despertó y me di cuenta de que mi abuelito acababa de morir".
"Yo ya estaba con mi amigos cuando en eso me dicen: "mira, tu abuelito se va a caer", yo volteaba y veía cómo se iba de lado hasta que cayó al piso, entonces corrí y lo levanté, lo llevé cargando hasta la casa y lo acostaba en la cama, entonces cuando lo veía estaba dormido y vestido de blanco.
"En eso, el llanto de mi pa´diciendo: "Mary se murió mi maestro" me despertó y me di cuenta de que mi abuelito acababa de morir".
Anita
Salió del pueblo cuando era una niña porque su mamá, madre soltera, tuvo que dejar el rancho para ganarse la vida. Llegó a la ciudad de México para hacer algunos quehaceres, lavar ajeno, vender verdura... el dinero era escaso y las oportunidades de conseguirlo también por eso tuvo que regresar al pueblo, encargar a su hija con su madre y regresar a la ciudad para seguir trabajando.
A Anita, la niña encargada, no le fue muy bien con su abuela, pues para ésta la falta de dinero era también angustiante. Vendía pulque en el pueblo y entre que raspaba, fermentaba y vendía no le quedaba tiempo para atender a la nieta. Había veces en que Anita no comía nada más que chucherías y fueron pocos los días en que no recibió algún golpe de mano de abuela y de manos extrañas, autorizadas por la misma abuela, porque ella se portaba mal.
Fue por eso que Anita conoció todo lo que debe saberse del pulque, cómo darle su tiempo, cómo conseguir buen maguey en tiempo de lluvias, cómo sacar la mayor catidad de agua miel en un sólo sorbo y cosas por el estilo. Fue también en ese tiempo cuando trabajó el campo intensamente. Aprendió a cosechar el frijol, el chícharo, a arar con yunta, a limpiar y romper la tierra antes de la siembra, a cortar la mazorca conforme iban los zurcos, para no dar doble vuelta y acabar más rápido. Años más tarde le pasaría toda esa informción a su nieta, a su oaxaqueña.
Así, Anita se creció en el pueblo atareada con regaños y trabajo lejos de su mamá, hasta que se hizo mujer, su abulita se hizo más viejita, su mamá más grade y decidió irse también a trabajar a la ciudad. Es en est momento cuando el relato se vuelv algo difuso pues no se sabe bien si su abuela se enfermó, cuándo regresó su mamá al pueblo para quedarse, hasta qué edad salió del pueblo de manera definitiva, qué edad tenía cuando se embarazó de su primera hija y dónde y cómo sucedió, por qué el padre de su hija no la ayudó pero si le dio sus apellidos a sus hijas...
La hisoria continúa más o menos clara hasta cuando Ana ya tiene dos hijas pero sigue sin marido, sin un buen trabajo, sin casa, sin alguien que le tienda la mano más que para llamarla María despectivamente o meterla a la cárceel por vender montoncitos de limones sin tener permiso. Seguía padeciendo la pobreza. Un tiempo trabajó en una tortillería pero ya tenía una hija de brazos, así que las dos mayores llevaban a la bebé para que le diera pecho y después se iban a jugar a un camellón. Anita les dejaba algunos centavos para que se compraran de comer pero ellas no compraba comida sino que jugaban al cumpleaños con una concha y unos flancitos que vendían en vasitos chiquitos. Cuando su mamá salía de trabajar les preguntaba si habían comido y ellas decían que sí.
La vida tan dura que llevó hasta ese momento la llevó a la bebida, con hijas, sin hijas, con trabajo, sin él, con deudas, sin casa empezó a tomar casi del diario y empezó a poner en práctica lo que vivió con su abuela: sus hijas, sobre todo la mayor, recibían golpes y regaños y dolor acumulado por su madre en forma de golpes. Anita y su comadre se la amanecían tomando y sus hijas estaban ahí, junto a ella, esperando que decidiera irse a dormir. Le decían: "mamá ya vámonos, mire la gorda ya está dormida" y paraban a la más chica para que su madre se compadecirra de su cansancio y decidiera irse a dormir. A veces funcionaba y todas se iban al cuarto que rentaban, que estaba en la misma vecindad, a veces Anita no les hacía nadita de caso y lloraba toda la noche hasta amanecer con un cartón de cerveza al lado.
En una ocasión, las hijas pasaron quince días sin mamá porque la llevaron a la cárcel, otra vez por vender y por no tenerpara pagar la fianza. Ninguna de las hijas se recuerda cómo sobrevivieron esos quince días, con quién vivieron o quién les daba de comer. No tengo claro si al salir de la cárcel pasó mucho tiempo para que conociera a Don Juan, hay huecos en ese lapso pero es reconfortante saber que Anita sí pasó una época muy felíz por esos años.
Vendía en La Merced montoncitos de fruta o verdura y en una ocasión un señor se puso muy malo cerca de su puesto; ella con su altura, sus largas trenzas, su piel morena y su voluptuoso cuerpo, se acercó a ayudarlo. Por supuesto al señor le gustó Anita y empezó a cotejarla, pero Anita no daba su brazo a torcer, se hicieron más allegados hasta que un día Don Juan le dijo que ya no trabajara, que él le pagaría por que se quedara en su cada cuidando de sus hijas. Para Anita eso era un sueño hecho realidad pues iempre le pidió a Dios que le madara a un hombre que la sacara de trabajar para que ella pudira dedicarse a sus hijas.
A Anita, la niña encargada, no le fue muy bien con su abuela, pues para ésta la falta de dinero era también angustiante. Vendía pulque en el pueblo y entre que raspaba, fermentaba y vendía no le quedaba tiempo para atender a la nieta. Había veces en que Anita no comía nada más que chucherías y fueron pocos los días en que no recibió algún golpe de mano de abuela y de manos extrañas, autorizadas por la misma abuela, porque ella se portaba mal.
Fue por eso que Anita conoció todo lo que debe saberse del pulque, cómo darle su tiempo, cómo conseguir buen maguey en tiempo de lluvias, cómo sacar la mayor catidad de agua miel en un sólo sorbo y cosas por el estilo. Fue también en ese tiempo cuando trabajó el campo intensamente. Aprendió a cosechar el frijol, el chícharo, a arar con yunta, a limpiar y romper la tierra antes de la siembra, a cortar la mazorca conforme iban los zurcos, para no dar doble vuelta y acabar más rápido. Años más tarde le pasaría toda esa informción a su nieta, a su oaxaqueña.
Así, Anita se creció en el pueblo atareada con regaños y trabajo lejos de su mamá, hasta que se hizo mujer, su abulita se hizo más viejita, su mamá más grade y decidió irse también a trabajar a la ciudad. Es en est momento cuando el relato se vuelv algo difuso pues no se sabe bien si su abuela se enfermó, cuándo regresó su mamá al pueblo para quedarse, hasta qué edad salió del pueblo de manera definitiva, qué edad tenía cuando se embarazó de su primera hija y dónde y cómo sucedió, por qué el padre de su hija no la ayudó pero si le dio sus apellidos a sus hijas...
La hisoria continúa más o menos clara hasta cuando Ana ya tiene dos hijas pero sigue sin marido, sin un buen trabajo, sin casa, sin alguien que le tienda la mano más que para llamarla María despectivamente o meterla a la cárceel por vender montoncitos de limones sin tener permiso. Seguía padeciendo la pobreza. Un tiempo trabajó en una tortillería pero ya tenía una hija de brazos, así que las dos mayores llevaban a la bebé para que le diera pecho y después se iban a jugar a un camellón. Anita les dejaba algunos centavos para que se compraran de comer pero ellas no compraba comida sino que jugaban al cumpleaños con una concha y unos flancitos que vendían en vasitos chiquitos. Cuando su mamá salía de trabajar les preguntaba si habían comido y ellas decían que sí.
La vida tan dura que llevó hasta ese momento la llevó a la bebida, con hijas, sin hijas, con trabajo, sin él, con deudas, sin casa empezó a tomar casi del diario y empezó a poner en práctica lo que vivió con su abuela: sus hijas, sobre todo la mayor, recibían golpes y regaños y dolor acumulado por su madre en forma de golpes. Anita y su comadre se la amanecían tomando y sus hijas estaban ahí, junto a ella, esperando que decidiera irse a dormir. Le decían: "mamá ya vámonos, mire la gorda ya está dormida" y paraban a la más chica para que su madre se compadecirra de su cansancio y decidiera irse a dormir. A veces funcionaba y todas se iban al cuarto que rentaban, que estaba en la misma vecindad, a veces Anita no les hacía nadita de caso y lloraba toda la noche hasta amanecer con un cartón de cerveza al lado.
En una ocasión, las hijas pasaron quince días sin mamá porque la llevaron a la cárcel, otra vez por vender y por no tenerpara pagar la fianza. Ninguna de las hijas se recuerda cómo sobrevivieron esos quince días, con quién vivieron o quién les daba de comer. No tengo claro si al salir de la cárcel pasó mucho tiempo para que conociera a Don Juan, hay huecos en ese lapso pero es reconfortante saber que Anita sí pasó una época muy felíz por esos años.
Vendía en La Merced montoncitos de fruta o verdura y en una ocasión un señor se puso muy malo cerca de su puesto; ella con su altura, sus largas trenzas, su piel morena y su voluptuoso cuerpo, se acercó a ayudarlo. Por supuesto al señor le gustó Anita y empezó a cotejarla, pero Anita no daba su brazo a torcer, se hicieron más allegados hasta que un día Don Juan le dijo que ya no trabajara, que él le pagaría por que se quedara en su cada cuidando de sus hijas. Para Anita eso era un sueño hecho realidad pues iempre le pidió a Dios que le madara a un hombre que la sacara de trabajar para que ella pudira dedicarse a sus hijas.
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