Esto son los regalos de la reciente celebración:
- blusa chiapaneca.
- mezcal oaxaqueño.
- petate poblano.
- libro defeño (La Utopía de los Seres Posthumanos).
- cartera italiana.
- vestido chilango.
- boxers y brassieres chilangos también.
- blusa tipo mazahua.
- falda tipo gitana.
- pastel de fresas y duraznos.
- gelatinas de chicle y rompope.
- dinero que servirá para:
- comprar video de "La Lotería Cantada".
- adquirir zapatos azules pa´combinar.
- hacer un viaje sencillito.
- pagar los ejemplares de la tesis.
- robustecer mi colección de aretes.
- conseguir regalos pa´los que quiero.
Y dentro de los regalos poco gratos estuvieron:
- palabras huecas pretendiendo marearme.
- grandes ausencias.
- arrugas extras.
Estos más lo que se acumule ;)
MILAGROSA GRANDE, GRANDE PERO NO TANTO.
Remembranza Milagrosa 2
Cuando se es pequeño, cuando se tienen apenas tres años, se es conciente de pocas cosas. No está claro lo que representa peligro o lo que es seguro, tampoco se tienen muchas referencias de lo que es bueno o malo. Sin embargo, a los tres años, Kajirin tomó conciencia de una característica sumamente importante: se percató de su individualidad.
Y es que, mientras los otros niños jugaban, hablaban o jalaban bancas dentro del salón, ella estaba afuera lavándose los dientes y percibiendo su entorno. Eran "los otros", era "esa" pared, "aquel" garrafón de vidrio, era "esa" enorme mafalda pintada en la pared, eran "aquellas" personas en la calle. Eran "los otros", "aquello"... y era ella. Y "lo otro" sucediendo paralelamente a un lado, detrás, o de frente... mientras se lavaba los dientes. Así fue como se supo una más dentro de aquel plasma formado por criaturas, sensaciones y palabras.
Si este fue un descubimiento revelador, dos años después ocurriría algo que la marcaría para toda su vida y que le daría pistas para develar la condición humana. A los cinco años Kajirin aprendió a mentir.
Sus primas, su hermana y su mamá cantaban en la sala acompañadas por la guitarra de Pablo el vecino y ,aunque sabía que se divertían, prefirió ir al cuarto en donde estaba su papá. Él dormía y ella permaneció de pie junto a la cama como para velar su sueño. Lo miraba callada, quieta, mientras en su cabeza se formaba la idea de que no era justo que las otras se divirtieran mientras su papá estaba ahí solito. Entonces, algo en el ambiente, en esa escena, provocó que Kajirin empezara a llorar ahogada por un sentimiento parecido a la tristeza. Sintió que el corazón se le estrujaba al tiempo que sus oídos percibían los cantos y las risas en la sala y sus ojos veían la soledad en la que yacía su padre. El llanto se fue haciendo más y más grande y creció hasta despertar a aquel hombre que provocaba sus lagrimas.
Al darse cuenta de que despertaba, Kajirin intentó ocultar su rostro lloroso pero ya era tarde, su padre se había dado cuenta que lloraba:
— ¿Qué te pasó hija? ¿Por qué lloras?
— Es que se te despellejaron las manos.
Esa misma tarde su padre le había hecho una broma. Se había embadurnado la mano izquierda con resistol, para después, cuando se le secara, desprenderlo y hacerle creer a Kajirin que era la piel la que se le caía. Pero ella sabía que era resistol, que su papá intentaba engañarla y no la impresionó el truco. Sin embargo, al ver que la sorprendía en pleno llanto, le contestó eso y la mentira le salió tan natural que él le creyó. Kajirin ni siquiera dudó en responder, mintió como si lo hubiera estado haciendo por años y años.
— No, mira, es resistol ¿ves? Así se hace cuando se seca. No llores hija, no se me despellejaron las manos.
Ante esta demostración, Kajirin fingió sorpresa y alivio, hasta rió como para tranquilizar a la multitud de familiares que ya se habían arremolinado en torno a ella cuando se supo que lloraba. Así fue como aprendió a mentir.
Y es que, mientras los otros niños jugaban, hablaban o jalaban bancas dentro del salón, ella estaba afuera lavándose los dientes y percibiendo su entorno. Eran "los otros", era "esa" pared, "aquel" garrafón de vidrio, era "esa" enorme mafalda pintada en la pared, eran "aquellas" personas en la calle. Eran "los otros", "aquello"... y era ella. Y "lo otro" sucediendo paralelamente a un lado, detrás, o de frente... mientras se lavaba los dientes. Así fue como se supo una más dentro de aquel plasma formado por criaturas, sensaciones y palabras.
Si este fue un descubimiento revelador, dos años después ocurriría algo que la marcaría para toda su vida y que le daría pistas para develar la condición humana. A los cinco años Kajirin aprendió a mentir.
Sus primas, su hermana y su mamá cantaban en la sala acompañadas por la guitarra de Pablo el vecino y ,aunque sabía que se divertían, prefirió ir al cuarto en donde estaba su papá. Él dormía y ella permaneció de pie junto a la cama como para velar su sueño. Lo miraba callada, quieta, mientras en su cabeza se formaba la idea de que no era justo que las otras se divirtieran mientras su papá estaba ahí solito. Entonces, algo en el ambiente, en esa escena, provocó que Kajirin empezara a llorar ahogada por un sentimiento parecido a la tristeza. Sintió que el corazón se le estrujaba al tiempo que sus oídos percibían los cantos y las risas en la sala y sus ojos veían la soledad en la que yacía su padre. El llanto se fue haciendo más y más grande y creció hasta despertar a aquel hombre que provocaba sus lagrimas.
Al darse cuenta de que despertaba, Kajirin intentó ocultar su rostro lloroso pero ya era tarde, su padre se había dado cuenta que lloraba:
— ¿Qué te pasó hija? ¿Por qué lloras?
— Es que se te despellejaron las manos.
Esa misma tarde su padre le había hecho una broma. Se había embadurnado la mano izquierda con resistol, para después, cuando se le secara, desprenderlo y hacerle creer a Kajirin que era la piel la que se le caía. Pero ella sabía que era resistol, que su papá intentaba engañarla y no la impresionó el truco. Sin embargo, al ver que la sorprendía en pleno llanto, le contestó eso y la mentira le salió tan natural que él le creyó. Kajirin ni siquiera dudó en responder, mintió como si lo hubiera estado haciendo por años y años.
— No, mira, es resistol ¿ves? Así se hace cuando se seca. No llores hija, no se me despellejaron las manos.
Ante esta demostración, Kajirin fingió sorpresa y alivio, hasta rió como para tranquilizar a la multitud de familiares que ya se habían arremolinado en torno a ella cuando se supo que lloraba. Así fue como aprendió a mentir.
Remembranza Milagrosa
Nació con ojos chicos, como para darle qué hacer a la evolución de las especies. Nació con oídos cerrados y no conoció sonidos hasta los 21 días de nacida. Nació corta de estatura para evitar que los aviones de vuelo bajo le cortaran la cabeza. Nació con la boca roja, parecía como si tuviera mucha sangre contenida esperando ser vaciada. Nació una primavera cuando el Sol apenas estiraba sus brillos matutinos.
Nació muchos años después de que inventaron el mundo, y por eso, porque ya había perdido mucho tiempo, nació a los siete meses de gestación. No importaba si su piel no estaba lo suficientemente madura (se le veían las venas de todo el cuerpo) y mucho menos si no existían calcetines para sus diminutos pies, salió a conocer el alboroto, salió a formar parte de él, salió para hacerse ella misma alboroto. Salió de la humedad tibia de su madre hace ya un cuarto de siglo y desde entonces, han pasado cosas varias que la han distanciado de aquellos primeros días en que los sentidos y la vida se conocen.
Huelga decir que no haremos un algoritmo de su recorrido. Que basten los acentos en lo importante para este intento de remembranza milagrosa, aunque lo importante parezca accesorio al de la derecha o irrelevante al de la izquierda. Que se presenten como palabras las criaturas que le dieron forma y que se haga pública la razón por la cual su espíritu de viento se hizo tornado (un tornado en cuya boca se encuentra ella, Kjirin), de esos bravíos que se divierten destruyéndolo todo y a los que después se les revela el caos y los atormenta la culpa.
A propósito de la celebración y de la agenda de Caza de letras.
Nació muchos años después de que inventaron el mundo, y por eso, porque ya había perdido mucho tiempo, nació a los siete meses de gestación. No importaba si su piel no estaba lo suficientemente madura (se le veían las venas de todo el cuerpo) y mucho menos si no existían calcetines para sus diminutos pies, salió a conocer el alboroto, salió a formar parte de él, salió para hacerse ella misma alboroto. Salió de la humedad tibia de su madre hace ya un cuarto de siglo y desde entonces, han pasado cosas varias que la han distanciado de aquellos primeros días en que los sentidos y la vida se conocen.
Huelga decir que no haremos un algoritmo de su recorrido. Que basten los acentos en lo importante para este intento de remembranza milagrosa, aunque lo importante parezca accesorio al de la derecha o irrelevante al de la izquierda. Que se presenten como palabras las criaturas que le dieron forma y que se haga pública la razón por la cual su espíritu de viento se hizo tornado (un tornado en cuya boca se encuentra ella, Kjirin), de esos bravíos que se divierten destruyéndolo todo y a los que después se les revela el caos y los atormenta la culpa.
A propósito de la celebración y de la agenda de Caza de letras.
UN REGALO DURANTE EL OLLIN KAN
Al ALfred. Que regrese con bien hasta su casita con fogón.
Oficialmente hoy empezaron los regalos y las felicitaciones para esta que escribe y calza. Y ustedes se preguntarán, regalos y felicitaciones por qué, ¿acaso por su impresionante IQ?, ¿acaso por sus irresistibles curvas? Pues no, no pueden estar más errados. Las felicitaciones y los regalos se deben a que cumplo un cuarto de siglo de estar en este mundo y no pudieron provenir de nadie mejor que mi hermano El ALfred. La cosa fue más o menos así.
Hoy, mientras escuchaba a los orientales, ese muchacho encantador de piel tostada y sonrisa amplia vino a mi lugar para decirme una cosita. De frente al escenario los oídos no captaban otra cosa que los cascabeles, las tumbas, las cuerdas y las vocalizaciones taiwanesas que, aunque virtuosas, impedían una conversación fluida, así que nos alejamos un poquito para platicar. Ya con menos ruido me dijo:
“Pues yo sé que no pudimos platicar mucho pero como vengo en grupo pues tengo que atenerme a lo que ellos digan, y a la hora que digan vámonos, pues vámonos. Pero pues, aunque sea nos saludamos ¿no? Aquí te traje un regalito para que sigas cumpliendo años. A ver si te gusta”.
Y entonces sacó una preciosa blusa de manta bordada con estambre guinda. Esa blusa no es una simple prenda de vestir porque fue hecha por la manos en constante lucha del pueblo de Acteal, no es sólo una prenda porque los ojos verdaderos de las mujeres chiapanecas se posaron en ella para darle forma y color, pero sobre todo, no es sólo una prenda porque me la regaló un hombre honesto que deja a su familia para ir a trabajar por un México más justo, un hombre que me dice que la lluvia es necesaria porque la Tierra tiene sed y los ríos tienen hambre (alguna vez le dije que no me gustaba que lloviera). Esta blusa no es cualquier prenda porque me la regaló uno de los integrantes de la Red de Comunicadores "Boca de Polen", un hombre tzotzil de Los Altos de Chiapas... un hombre que es mi amigo.
Nos despedimos, nos abrazamos, nos dimos nuestros guayabazos y prometimos vernos muy pronto, en junio.
He de confesarles que no me encanta cumplir años, pero este gesto me hizo pensar que, después de todo, no es tan malo hacerte de achaques si en el camino vas cosechando canciones, experiencia y amistades.
¡¡Tooooooooodo lo que he visto en 25 años de vida!!
Oficialmente hoy empezaron los regalos y las felicitaciones para esta que escribe y calza. Y ustedes se preguntarán, regalos y felicitaciones por qué, ¿acaso por su impresionante IQ?, ¿acaso por sus irresistibles curvas? Pues no, no pueden estar más errados. Las felicitaciones y los regalos se deben a que cumplo un cuarto de siglo de estar en este mundo y no pudieron provenir de nadie mejor que mi hermano El ALfred. La cosa fue más o menos así.
Hoy, mientras escuchaba a los orientales, ese muchacho encantador de piel tostada y sonrisa amplia vino a mi lugar para decirme una cosita. De frente al escenario los oídos no captaban otra cosa que los cascabeles, las tumbas, las cuerdas y las vocalizaciones taiwanesas que, aunque virtuosas, impedían una conversación fluida, así que nos alejamos un poquito para platicar. Ya con menos ruido me dijo:
“Pues yo sé que no pudimos platicar mucho pero como vengo en grupo pues tengo que atenerme a lo que ellos digan, y a la hora que digan vámonos, pues vámonos. Pero pues, aunque sea nos saludamos ¿no? Aquí te traje un regalito para que sigas cumpliendo años. A ver si te gusta”.
Y entonces sacó una preciosa blusa de manta bordada con estambre guinda. Esa blusa no es una simple prenda de vestir porque fue hecha por la manos en constante lucha del pueblo de Acteal, no es sólo una prenda porque los ojos verdaderos de las mujeres chiapanecas se posaron en ella para darle forma y color, pero sobre todo, no es sólo una prenda porque me la regaló un hombre honesto que deja a su familia para ir a trabajar por un México más justo, un hombre que me dice que la lluvia es necesaria porque la Tierra tiene sed y los ríos tienen hambre (alguna vez le dije que no me gustaba que lloviera). Esta blusa no es cualquier prenda porque me la regaló uno de los integrantes de la Red de Comunicadores "Boca de Polen", un hombre tzotzil de Los Altos de Chiapas... un hombre que es mi amigo.
Nos despedimos, nos abrazamos, nos dimos nuestros guayabazos y prometimos vernos muy pronto, en junio.
He de confesarles que no me encanta cumplir años, pero este gesto me hizo pensar que, después de todo, no es tan malo hacerte de achaques si en el camino vas cosechando canciones, experiencia y amistades.
¡¡Tooooooooodo lo que he visto en 25 años de vida!!
SKRIABIN YEVGUÉNIEVICH (entrega final)
Con los ojos casi cerrados, pude verlo más de cerca. Pasaba los 20 años y sus largas piernas me hicieron tardar en encontrar sus ojos. Lo recorrí de abajo hacia arriba pero el Sol reflejado en su rubio cabello me cegaba. Y así, después de unos segundos, ya estábamos frente a frente.
No le impresionó en lo más mínimo la sangre en la que me bañaba, al contrario, pareció atraerle. Bajó de su altura para acercarse al bulto en que me convertí mientras yo lo miraba irresoluto ─ya con los ojos bien abiertos para abarcarlo todo─. En ese momento, supe que él no era un muchacho sino un hombre con aire angelical y (¡Dios mío, aún tiemblo de la emoción!) ese hombre me tomaba por el cuello con sus dulces manos.
Sucedió. Sucedió que como por confabulación divina o astral; como si la vida estuviera en deuda conmigo y ahora intentara pagarme, sucedió que aquel hombre posó sus delicados labios sobre mi agreste hocico. Nunca nadie había rozado siquiera estas mezquinas comisuras, sin embargo, él las lamía como si no le interesara el hedor. Me humedecí, no solo por su saliva, sino por la excitación que se me manifestaba en forma de fluido seminal. Y, (permítanme tomar un respiro) vi cómo su hombría tomaba volumen haciéndome saber que él también estaba a punto de estallar de placer.
No me di cuenta en qué momento ocurrió, pero los textiles se esfumaron mostrando al viento nuestras pieles. Fue entonces, que conocí plenamente aquello que crecía hacía unos instantes: un miembro erecto y espléndido que me embrujaba con sus oscilaciones y me obligaba a postrarme para que me conociera por dentro.
Así lo hizo. Me atravesó. Entró en mí de extremo a extremo y con él, un dolor desgarrador y un placer divino que casi me arrebata la conciencia. Fui de él en cuerpo y alma, todo yo se le entregó sin complejos, sin preguntas, ¡Dios mío, nunca había estado tan vulnerable (ni siquiera cuando me escupen en la taberna)!
Solo hasta que me depositó su líquido caliente, el suelo dejó de vibrar.
En todo ese tiempo, nadie dijo una palabra, las cosas fluían como si ese momento fuera una escena ensayada y vuelta a ensayar; una escena en la que, a pesar de las repeticiones, aún se desbordaban las emociones del espíritu.
Ahí estaba junto a mí, perfecto y limpio. Era perfecto, nadie podría decir lo contrario, sus rasgos finos, su piel de porcelana, su aroma exquisito; era perfecto y yo tan… tan pestilente, tan repugnante, tan ruin. ¿Qué hacía un ser tan inmundo como yo reposando a su lado? Sólo resaltar su perfección, su insuperable belleza. Ahora sí resultaba evidente que yo era miserable hasta la médula. Ahora no quedaba la menor duda que Dios me había vomitado.
Estaba claro que él pretendía mostrarle, resaltarle al mundo su indudable perfección. Al darme cuenta de sus intenciones, me llené de furia, me enfurecí al grado de echar espuma por el hocico. ¡Qué absurdo debí haberme visto! ¡¡Entregándome a él sin reparo, aullando de placer mientras se burlaba hasta el hartazgo!! ¡Caí como un estúpido en su trampa!
Nunca antes había sentido una rabia similar. Nadie me había hecho sentir tal placer para poder escupirme, para burlarse de mí, para patearme. Nadie había apelado a mi emotividad para mofarse a mis espaldas. Pero este “hombre perfecto”, lo había hecho y con la mayor facilidad, engañándome para obtener mi consentimiento.
¿Acaso pensó, qué no me daría cuenta?, ¿de verdad me subestimó a tal grado? Nadie debería subestimar al vómito de Dios, nadie debería subestimarlo, porque cuando este vomito se enfurece, el mundo debe ponerse a temblar.
Todo eso pasaba por mi cabeza en oleadas mientras intentaba parecer sereno ante los perfectos ojos de aquel descansado hombre perfecto.
Giré mi cuerpo para alcanzar el hacha que, oportunamente, yacía algunos metros hacia mi izquierda. Pero antes, lo pillé mirándome con mofa y repulsión. Esa mirada me hizo enfurecerme aún más y ya sin ninguna intención de disimular, me precipité hacia el hacha para cercenarle cada parte de su perfecto cuerpo. De pronto, el hacha fue demasiado pesada para mis fuerzas y no pude siquiera elevarla del suelo. Él se quedó incrédulo y mantenía su actitud asqueada. ¡¡Oh, no, vaciaría mi furia sobre él con hacha o sin ella!! Y así, ciego por la rabia, me le abalancé al cuello para intentar morderlo con todas mis fuerzas. Estaba dispuesto a devorarlo vivo, a roerle el corazón, si es que lo tenía, a tomar un baño caliente de sangre perfecta de “hombre perfecto”.
Salté directo a la yugular y mordí su carne dura. Si mis manos no respondieron para coger el hacha, mi dentadura parecía de acero enterrada en su pellejo. ¡Qué sabor tan asqueroso el de la carne viva! ¡Qué asco estar comiendo “hombre perfecto”! Pero ese sabor provocaba que mi falo creciera y se hinchara.
Cuando su sangre descendió cual río por mi pecho hasta llegar a mis piernas, el placer explotó y se mezcló con el fluido carmín. Dos fluidos calientes se hicieron uno y eran ya indisociables. ¡Ahhh! Ahora yo era tan perfecto como él, ahora yo lo miraba con mofa. Ahora yo, al lado de un hombre devorado, ensangrentado y moribundo, era mejor, era mejor y no cabía duda.
He venido a encerrarme en mi rincón. Si alguien sabe que claudiqué por amor y que fui engañado, se mofarán de mí infinitamente. Que lo hagan porque soy bufón y esa es mi profesión, pero no porque se enteren que fingieron amarme y después me apalearon. Que nadie se entere que amé a un hombre metido en traje de venado cola blanca. Que les revienten los ojos a los testigos, que les corten la lengua para silenciarlos. Que ese hombre-venado se lleve el secreto a la tumba y que no le diga a nadie que lo amé.
¿Señores, será que ustedes pueden darme un poco de agua?
No le impresionó en lo más mínimo la sangre en la que me bañaba, al contrario, pareció atraerle. Bajó de su altura para acercarse al bulto en que me convertí mientras yo lo miraba irresoluto ─ya con los ojos bien abiertos para abarcarlo todo─. En ese momento, supe que él no era un muchacho sino un hombre con aire angelical y (¡Dios mío, aún tiemblo de la emoción!) ese hombre me tomaba por el cuello con sus dulces manos.
Sucedió. Sucedió que como por confabulación divina o astral; como si la vida estuviera en deuda conmigo y ahora intentara pagarme, sucedió que aquel hombre posó sus delicados labios sobre mi agreste hocico. Nunca nadie había rozado siquiera estas mezquinas comisuras, sin embargo, él las lamía como si no le interesara el hedor. Me humedecí, no solo por su saliva, sino por la excitación que se me manifestaba en forma de fluido seminal. Y, (permítanme tomar un respiro) vi cómo su hombría tomaba volumen haciéndome saber que él también estaba a punto de estallar de placer.
No me di cuenta en qué momento ocurrió, pero los textiles se esfumaron mostrando al viento nuestras pieles. Fue entonces, que conocí plenamente aquello que crecía hacía unos instantes: un miembro erecto y espléndido que me embrujaba con sus oscilaciones y me obligaba a postrarme para que me conociera por dentro.
Así lo hizo. Me atravesó. Entró en mí de extremo a extremo y con él, un dolor desgarrador y un placer divino que casi me arrebata la conciencia. Fui de él en cuerpo y alma, todo yo se le entregó sin complejos, sin preguntas, ¡Dios mío, nunca había estado tan vulnerable (ni siquiera cuando me escupen en la taberna)!
Solo hasta que me depositó su líquido caliente, el suelo dejó de vibrar.
En todo ese tiempo, nadie dijo una palabra, las cosas fluían como si ese momento fuera una escena ensayada y vuelta a ensayar; una escena en la que, a pesar de las repeticiones, aún se desbordaban las emociones del espíritu.
Ahí estaba junto a mí, perfecto y limpio. Era perfecto, nadie podría decir lo contrario, sus rasgos finos, su piel de porcelana, su aroma exquisito; era perfecto y yo tan… tan pestilente, tan repugnante, tan ruin. ¿Qué hacía un ser tan inmundo como yo reposando a su lado? Sólo resaltar su perfección, su insuperable belleza. Ahora sí resultaba evidente que yo era miserable hasta la médula. Ahora no quedaba la menor duda que Dios me había vomitado.
Estaba claro que él pretendía mostrarle, resaltarle al mundo su indudable perfección. Al darme cuenta de sus intenciones, me llené de furia, me enfurecí al grado de echar espuma por el hocico. ¡Qué absurdo debí haberme visto! ¡¡Entregándome a él sin reparo, aullando de placer mientras se burlaba hasta el hartazgo!! ¡Caí como un estúpido en su trampa!
Nunca antes había sentido una rabia similar. Nadie me había hecho sentir tal placer para poder escupirme, para burlarse de mí, para patearme. Nadie había apelado a mi emotividad para mofarse a mis espaldas. Pero este “hombre perfecto”, lo había hecho y con la mayor facilidad, engañándome para obtener mi consentimiento.
¿Acaso pensó, qué no me daría cuenta?, ¿de verdad me subestimó a tal grado? Nadie debería subestimar al vómito de Dios, nadie debería subestimarlo, porque cuando este vomito se enfurece, el mundo debe ponerse a temblar.
Todo eso pasaba por mi cabeza en oleadas mientras intentaba parecer sereno ante los perfectos ojos de aquel descansado hombre perfecto.
Giré mi cuerpo para alcanzar el hacha que, oportunamente, yacía algunos metros hacia mi izquierda. Pero antes, lo pillé mirándome con mofa y repulsión. Esa mirada me hizo enfurecerme aún más y ya sin ninguna intención de disimular, me precipité hacia el hacha para cercenarle cada parte de su perfecto cuerpo. De pronto, el hacha fue demasiado pesada para mis fuerzas y no pude siquiera elevarla del suelo. Él se quedó incrédulo y mantenía su actitud asqueada. ¡¡Oh, no, vaciaría mi furia sobre él con hacha o sin ella!! Y así, ciego por la rabia, me le abalancé al cuello para intentar morderlo con todas mis fuerzas. Estaba dispuesto a devorarlo vivo, a roerle el corazón, si es que lo tenía, a tomar un baño caliente de sangre perfecta de “hombre perfecto”.
Salté directo a la yugular y mordí su carne dura. Si mis manos no respondieron para coger el hacha, mi dentadura parecía de acero enterrada en su pellejo. ¡Qué sabor tan asqueroso el de la carne viva! ¡Qué asco estar comiendo “hombre perfecto”! Pero ese sabor provocaba que mi falo creciera y se hinchara.
Cuando su sangre descendió cual río por mi pecho hasta llegar a mis piernas, el placer explotó y se mezcló con el fluido carmín. Dos fluidos calientes se hicieron uno y eran ya indisociables. ¡Ahhh! Ahora yo era tan perfecto como él, ahora yo lo miraba con mofa. Ahora yo, al lado de un hombre devorado, ensangrentado y moribundo, era mejor, era mejor y no cabía duda.
He venido a encerrarme en mi rincón. Si alguien sabe que claudiqué por amor y que fui engañado, se mofarán de mí infinitamente. Que lo hagan porque soy bufón y esa es mi profesión, pero no porque se enteren que fingieron amarme y después me apalearon. Que nadie se entere que amé a un hombre metido en traje de venado cola blanca. Que les revienten los ojos a los testigos, que les corten la lengua para silenciarlos. Que ese hombre-venado se lleve el secreto a la tumba y que no le diga a nadie que lo amé.
¿Señores, será que ustedes pueden darme un poco de agua?
SKRIABIN YEVGUÉNIEVICH (segunda entrega)
No dudé en alejarme del camino para ver si podía encontrar más leña y aunque mis pies ya estaban bastante cansados, avanzaba más y más pensando que unos pasos adelante habría algún tronco fuera de mi vista. Ustedes pensarán que mi actuar parece el de un masoquista. Piensan bien.
Llegó un momento en que ya no veía la carretilla, ni siquiera el sendero por el que me aparté; había caminado irregularmente y ahora me encontraba en un lugar en el que no había estado antes. Seguía avanzando, era como si mis pies se movieran por sí mismos, hasta que algo los detuvo: un fuerte golpe que azotó mi cabeza y retumbó en toda la montaña precipitadamente.
Las piernas se me doblaron cual hojas tiernas pero, a pesar de que lo natural hubiese sido que perdiera el conocimiento, nunca en mi vida estuve más lúcido y, con todo y el dolor desgarrador que vibraba en mi cabeza, mis sentidos funcionaban al límite.
Los colores eran más brillantes, tanto que debía hacer los ojos dos rendijas para que la luz no atravesara mis retinas; mi olfato era mejor que el del mejor sabueso: mi nariz me daba a conocer la pestilencia de la mierda en los alrededores y eso me hacía exhalar repetidamente materia vomitiva aumentando mi repulsión. Y los sonidos, señores los sonidos eran estruendosos hasta la tortura, quería arrancarme los oídos para no percibir aquel horror pero nada de lo que hacía me aliviaba. Y si eso les parece soportable, el frío había traspasado la gruesa gabardina y me quemaba la piel (debo confesarles que por mi mente pasó la idea de morir congelado) que reaccionaba exageradamente a todo agente externo
Y ahí estaba yo, postrado en la nieve con aquel caudal de aterradoras sensaciones fluyendo por mi cuerpo cuando, varios metros adelante, vi a un muchacho que daba los golpes finales a una liebre. Su espalda cubría al animal pero mis sentidos super desarrollados me hacían saber que era una liebre en agonía. Podía oler su sangre, aún caliente, y podía oír sus tímidos gemidos. El muchacho estaba como embelesado con el animal y no se dio cuenta de mi presencia.
De pronto, como atraído por una piedra imán, volteó y me miró con una expresión cándida y familiar que me hizo olvidar por unos instantes mi sufrimiento y concentrarme en sus hermosos ojos color marrón.
Se levantó dispuesto a ir hacia mí.
Les juro señores que en ese momento el mundo se silenció, el frío se detuvo y el hedor desapareció para dar paso al aroma más exquisito que he percibido en toda mi vida. Lo único que persistió fue mi molestia a la luz, casi cegadora, que estoy seguro, emanaba del muchacho.
... To be continue.
Llegó un momento en que ya no veía la carretilla, ni siquiera el sendero por el que me aparté; había caminado irregularmente y ahora me encontraba en un lugar en el que no había estado antes. Seguía avanzando, era como si mis pies se movieran por sí mismos, hasta que algo los detuvo: un fuerte golpe que azotó mi cabeza y retumbó en toda la montaña precipitadamente.
Las piernas se me doblaron cual hojas tiernas pero, a pesar de que lo natural hubiese sido que perdiera el conocimiento, nunca en mi vida estuve más lúcido y, con todo y el dolor desgarrador que vibraba en mi cabeza, mis sentidos funcionaban al límite.
Los colores eran más brillantes, tanto que debía hacer los ojos dos rendijas para que la luz no atravesara mis retinas; mi olfato era mejor que el del mejor sabueso: mi nariz me daba a conocer la pestilencia de la mierda en los alrededores y eso me hacía exhalar repetidamente materia vomitiva aumentando mi repulsión. Y los sonidos, señores los sonidos eran estruendosos hasta la tortura, quería arrancarme los oídos para no percibir aquel horror pero nada de lo que hacía me aliviaba. Y si eso les parece soportable, el frío había traspasado la gruesa gabardina y me quemaba la piel (debo confesarles que por mi mente pasó la idea de morir congelado) que reaccionaba exageradamente a todo agente externo
Y ahí estaba yo, postrado en la nieve con aquel caudal de aterradoras sensaciones fluyendo por mi cuerpo cuando, varios metros adelante, vi a un muchacho que daba los golpes finales a una liebre. Su espalda cubría al animal pero mis sentidos super desarrollados me hacían saber que era una liebre en agonía. Podía oler su sangre, aún caliente, y podía oír sus tímidos gemidos. El muchacho estaba como embelesado con el animal y no se dio cuenta de mi presencia.
De pronto, como atraído por una piedra imán, volteó y me miró con una expresión cándida y familiar que me hizo olvidar por unos instantes mi sufrimiento y concentrarme en sus hermosos ojos color marrón.
Se levantó dispuesto a ir hacia mí.
Les juro señores que en ese momento el mundo se silenció, el frío se detuvo y el hedor desapareció para dar paso al aroma más exquisito que he percibido en toda mi vida. Lo único que persistió fue mi molestia a la luz, casi cegadora, que estoy seguro, emanaba del muchacho.
... To be continue.
SKRIABIN YEVGUÉNIEVICH (primera entrega)
Aunque no me lo preguntaran a mí me interesaba decirlo, hacerle saber al mundo que mi profesión era la de un bufón, algunos se echaban a reír y otros me daban la espalda con una cara de asco o algo parecido. ¿Qué si no sentía rabia? No, ya estoy acostumbrado a las ofensas; incluso creo que de entre todas las profesiones a mí me tocó la de hacerle saber a los demás que hay existencias más miserables que las de ellos: la mía, por ejemplo. Al verme, la gente se siente mejor porque ven en mí a un ser inferior que los hace parecer mínimamente más afortunados. Les digo que ese trato para mí es de lo más normal.
Pero no los convoqué para hablarles de mi profesión, no, ese es tema que espero poder comentarles a detalle en un futuro, porque causar lástima y repulsión tiene su ciencia. El motivo del fluir de mis palabras es uno mucho más complejo.
Verán, yo… he matado a un hombre… lo he matado a sangre fría y he huido como un cobarde. Lo digo y me estremece la lucidez con que declaro este hecho
No siento remordimiento y eso me sobrecoge porque quizá esté muerto y aún no me he dado cuenta, dicen que cuando uno muere sorpresivamente su alma cae en la cuenta tiempo después. Pero si estuviera muerto no me sobrecogería y, sobre todo, no sentiría esta insoportable sed. Como quisiera beber un poco de agua, aunque fuese de lluvia…
¡Ahhh!, perdonarán mi desvarío pero me ha dado una suerte de fiebre que me hace hilar mis pensamientos rizomáticamente. Pues bien, como les dije antes, he matado a un hombre.
Desde que salí de mi casa sentí un aire malsano, respiraba pero no sentía la satisfacción que dan un par de pulmones llenos hasta el tope, sino que ese aire me raspaba la garganta y lejos de refrescarme, me asfixiaba sutilmente. Con todo y ese aire malsano debía salir por la leña porque, como ustedes sabrán, los inviernos acá en la montaña son terribles. Se hielan los dedos y si uno no los mueve pueden congelarse y quebrarse como vidrio.
Así pues, cogí el hacha y la carretilla y me dirigí a la cúspide porque -perdonen pero me quedo sin saliva- cerca del valle no quedaba ya ni una mísera rama que ayudara. La subida fue pesada pero al cabo de un par de horas llegué poco más abajo de la cima. Vi varios troncos que me servían pero mis cortas manos me impidieron agarrarlos todos en un solo viaje y tuve que volver varias veces para llenar la carretilla. Avancé hacia otro paraje porque aunque ya estaba bastante pesada mi carga sabía que podía aguantar más.
Seguramente lo han experimentado: la angustia que desata un reto provocado por nosotros mismos y superior a nuestras fuerzas, así es el hombre, necio y estúpido por naturaleza, así actué yo hoy en la mañana, justo antes de calentar mis manos con ese fluido caliente rojo carmín.
No dudé en alejarme del camino para ver si podía encontrar más leña.
...To be continue.
Pero no los convoqué para hablarles de mi profesión, no, ese es tema que espero poder comentarles a detalle en un futuro, porque causar lástima y repulsión tiene su ciencia. El motivo del fluir de mis palabras es uno mucho más complejo.
Verán, yo… he matado a un hombre… lo he matado a sangre fría y he huido como un cobarde. Lo digo y me estremece la lucidez con que declaro este hecho
No siento remordimiento y eso me sobrecoge porque quizá esté muerto y aún no me he dado cuenta, dicen que cuando uno muere sorpresivamente su alma cae en la cuenta tiempo después. Pero si estuviera muerto no me sobrecogería y, sobre todo, no sentiría esta insoportable sed. Como quisiera beber un poco de agua, aunque fuese de lluvia…
¡Ahhh!, perdonarán mi desvarío pero me ha dado una suerte de fiebre que me hace hilar mis pensamientos rizomáticamente. Pues bien, como les dije antes, he matado a un hombre.
Desde que salí de mi casa sentí un aire malsano, respiraba pero no sentía la satisfacción que dan un par de pulmones llenos hasta el tope, sino que ese aire me raspaba la garganta y lejos de refrescarme, me asfixiaba sutilmente. Con todo y ese aire malsano debía salir por la leña porque, como ustedes sabrán, los inviernos acá en la montaña son terribles. Se hielan los dedos y si uno no los mueve pueden congelarse y quebrarse como vidrio.
Así pues, cogí el hacha y la carretilla y me dirigí a la cúspide porque -perdonen pero me quedo sin saliva- cerca del valle no quedaba ya ni una mísera rama que ayudara. La subida fue pesada pero al cabo de un par de horas llegué poco más abajo de la cima. Vi varios troncos que me servían pero mis cortas manos me impidieron agarrarlos todos en un solo viaje y tuve que volver varias veces para llenar la carretilla. Avancé hacia otro paraje porque aunque ya estaba bastante pesada mi carga sabía que podía aguantar más.
Seguramente lo han experimentado: la angustia que desata un reto provocado por nosotros mismos y superior a nuestras fuerzas, así es el hombre, necio y estúpido por naturaleza, así actué yo hoy en la mañana, justo antes de calentar mis manos con ese fluido caliente rojo carmín.
No dudé en alejarme del camino para ver si podía encontrar más leña.
...To be continue.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)