Al ALfred. Que regrese con bien hasta su casita con fogón.
Oficialmente hoy empezaron los regalos y las felicitaciones para esta que escribe y calza. Y ustedes se preguntarán, regalos y felicitaciones por qué, ¿acaso por su impresionante IQ?, ¿acaso por sus irresistibles curvas? Pues no, no pueden estar más errados. Las felicitaciones y los regalos se deben a que cumplo un cuarto de siglo de estar en este mundo y no pudieron provenir de nadie mejor que mi hermano El ALfred. La cosa fue más o menos así.
Hoy, mientras escuchaba a los orientales, ese muchacho encantador de piel tostada y sonrisa amplia vino a mi lugar para decirme una cosita. De frente al escenario los oídos no captaban otra cosa que los cascabeles, las tumbas, las cuerdas y las vocalizaciones taiwanesas que, aunque virtuosas, impedían una conversación fluida, así que nos alejamos un poquito para platicar. Ya con menos ruido me dijo:
“Pues yo sé que no pudimos platicar mucho pero como vengo en grupo pues tengo que atenerme a lo que ellos digan, y a la hora que digan vámonos, pues vámonos. Pero pues, aunque sea nos saludamos ¿no? Aquí te traje un regalito para que sigas cumpliendo años. A ver si te gusta”.
Y entonces sacó una preciosa blusa de manta bordada con estambre guinda. Esa blusa no es una simple prenda de vestir porque fue hecha por la manos en constante lucha del pueblo de Acteal, no es sólo una prenda porque los ojos verdaderos de las mujeres chiapanecas se posaron en ella para darle forma y color, pero sobre todo, no es sólo una prenda porque me la regaló un hombre honesto que deja a su familia para ir a trabajar por un México más justo, un hombre que me dice que la lluvia es necesaria porque la Tierra tiene sed y los ríos tienen hambre (alguna vez le dije que no me gustaba que lloviera). Esta blusa no es cualquier prenda porque me la regaló uno de los integrantes de la Red de Comunicadores "Boca de Polen", un hombre tzotzil de Los Altos de Chiapas... un hombre que es mi amigo.
Nos despedimos, nos abrazamos, nos dimos nuestros guayabazos y prometimos vernos muy pronto, en junio.
He de confesarles que no me encanta cumplir años, pero este gesto me hizo pensar que, después de todo, no es tan malo hacerte de achaques si en el camino vas cosechando canciones, experiencia y amistades.
¡¡Tooooooooodo lo que he visto en 25 años de vida!!
SKRIABIN YEVGUÉNIEVICH (entrega final)
Con los ojos casi cerrados, pude verlo más de cerca. Pasaba los 20 años y sus largas piernas me hicieron tardar en encontrar sus ojos. Lo recorrí de abajo hacia arriba pero el Sol reflejado en su rubio cabello me cegaba. Y así, después de unos segundos, ya estábamos frente a frente.
No le impresionó en lo más mínimo la sangre en la que me bañaba, al contrario, pareció atraerle. Bajó de su altura para acercarse al bulto en que me convertí mientras yo lo miraba irresoluto ─ya con los ojos bien abiertos para abarcarlo todo─. En ese momento, supe que él no era un muchacho sino un hombre con aire angelical y (¡Dios mío, aún tiemblo de la emoción!) ese hombre me tomaba por el cuello con sus dulces manos.
Sucedió. Sucedió que como por confabulación divina o astral; como si la vida estuviera en deuda conmigo y ahora intentara pagarme, sucedió que aquel hombre posó sus delicados labios sobre mi agreste hocico. Nunca nadie había rozado siquiera estas mezquinas comisuras, sin embargo, él las lamía como si no le interesara el hedor. Me humedecí, no solo por su saliva, sino por la excitación que se me manifestaba en forma de fluido seminal. Y, (permítanme tomar un respiro) vi cómo su hombría tomaba volumen haciéndome saber que él también estaba a punto de estallar de placer.
No me di cuenta en qué momento ocurrió, pero los textiles se esfumaron mostrando al viento nuestras pieles. Fue entonces, que conocí plenamente aquello que crecía hacía unos instantes: un miembro erecto y espléndido que me embrujaba con sus oscilaciones y me obligaba a postrarme para que me conociera por dentro.
Así lo hizo. Me atravesó. Entró en mí de extremo a extremo y con él, un dolor desgarrador y un placer divino que casi me arrebata la conciencia. Fui de él en cuerpo y alma, todo yo se le entregó sin complejos, sin preguntas, ¡Dios mío, nunca había estado tan vulnerable (ni siquiera cuando me escupen en la taberna)!
Solo hasta que me depositó su líquido caliente, el suelo dejó de vibrar.
En todo ese tiempo, nadie dijo una palabra, las cosas fluían como si ese momento fuera una escena ensayada y vuelta a ensayar; una escena en la que, a pesar de las repeticiones, aún se desbordaban las emociones del espíritu.
Ahí estaba junto a mí, perfecto y limpio. Era perfecto, nadie podría decir lo contrario, sus rasgos finos, su piel de porcelana, su aroma exquisito; era perfecto y yo tan… tan pestilente, tan repugnante, tan ruin. ¿Qué hacía un ser tan inmundo como yo reposando a su lado? Sólo resaltar su perfección, su insuperable belleza. Ahora sí resultaba evidente que yo era miserable hasta la médula. Ahora no quedaba la menor duda que Dios me había vomitado.
Estaba claro que él pretendía mostrarle, resaltarle al mundo su indudable perfección. Al darme cuenta de sus intenciones, me llené de furia, me enfurecí al grado de echar espuma por el hocico. ¡Qué absurdo debí haberme visto! ¡¡Entregándome a él sin reparo, aullando de placer mientras se burlaba hasta el hartazgo!! ¡Caí como un estúpido en su trampa!
Nunca antes había sentido una rabia similar. Nadie me había hecho sentir tal placer para poder escupirme, para burlarse de mí, para patearme. Nadie había apelado a mi emotividad para mofarse a mis espaldas. Pero este “hombre perfecto”, lo había hecho y con la mayor facilidad, engañándome para obtener mi consentimiento.
¿Acaso pensó, qué no me daría cuenta?, ¿de verdad me subestimó a tal grado? Nadie debería subestimar al vómito de Dios, nadie debería subestimarlo, porque cuando este vomito se enfurece, el mundo debe ponerse a temblar.
Todo eso pasaba por mi cabeza en oleadas mientras intentaba parecer sereno ante los perfectos ojos de aquel descansado hombre perfecto.
Giré mi cuerpo para alcanzar el hacha que, oportunamente, yacía algunos metros hacia mi izquierda. Pero antes, lo pillé mirándome con mofa y repulsión. Esa mirada me hizo enfurecerme aún más y ya sin ninguna intención de disimular, me precipité hacia el hacha para cercenarle cada parte de su perfecto cuerpo. De pronto, el hacha fue demasiado pesada para mis fuerzas y no pude siquiera elevarla del suelo. Él se quedó incrédulo y mantenía su actitud asqueada. ¡¡Oh, no, vaciaría mi furia sobre él con hacha o sin ella!! Y así, ciego por la rabia, me le abalancé al cuello para intentar morderlo con todas mis fuerzas. Estaba dispuesto a devorarlo vivo, a roerle el corazón, si es que lo tenía, a tomar un baño caliente de sangre perfecta de “hombre perfecto”.
Salté directo a la yugular y mordí su carne dura. Si mis manos no respondieron para coger el hacha, mi dentadura parecía de acero enterrada en su pellejo. ¡Qué sabor tan asqueroso el de la carne viva! ¡Qué asco estar comiendo “hombre perfecto”! Pero ese sabor provocaba que mi falo creciera y se hinchara.
Cuando su sangre descendió cual río por mi pecho hasta llegar a mis piernas, el placer explotó y se mezcló con el fluido carmín. Dos fluidos calientes se hicieron uno y eran ya indisociables. ¡Ahhh! Ahora yo era tan perfecto como él, ahora yo lo miraba con mofa. Ahora yo, al lado de un hombre devorado, ensangrentado y moribundo, era mejor, era mejor y no cabía duda.
He venido a encerrarme en mi rincón. Si alguien sabe que claudiqué por amor y que fui engañado, se mofarán de mí infinitamente. Que lo hagan porque soy bufón y esa es mi profesión, pero no porque se enteren que fingieron amarme y después me apalearon. Que nadie se entere que amé a un hombre metido en traje de venado cola blanca. Que les revienten los ojos a los testigos, que les corten la lengua para silenciarlos. Que ese hombre-venado se lleve el secreto a la tumba y que no le diga a nadie que lo amé.
¿Señores, será que ustedes pueden darme un poco de agua?
No le impresionó en lo más mínimo la sangre en la que me bañaba, al contrario, pareció atraerle. Bajó de su altura para acercarse al bulto en que me convertí mientras yo lo miraba irresoluto ─ya con los ojos bien abiertos para abarcarlo todo─. En ese momento, supe que él no era un muchacho sino un hombre con aire angelical y (¡Dios mío, aún tiemblo de la emoción!) ese hombre me tomaba por el cuello con sus dulces manos.
Sucedió. Sucedió que como por confabulación divina o astral; como si la vida estuviera en deuda conmigo y ahora intentara pagarme, sucedió que aquel hombre posó sus delicados labios sobre mi agreste hocico. Nunca nadie había rozado siquiera estas mezquinas comisuras, sin embargo, él las lamía como si no le interesara el hedor. Me humedecí, no solo por su saliva, sino por la excitación que se me manifestaba en forma de fluido seminal. Y, (permítanme tomar un respiro) vi cómo su hombría tomaba volumen haciéndome saber que él también estaba a punto de estallar de placer.
No me di cuenta en qué momento ocurrió, pero los textiles se esfumaron mostrando al viento nuestras pieles. Fue entonces, que conocí plenamente aquello que crecía hacía unos instantes: un miembro erecto y espléndido que me embrujaba con sus oscilaciones y me obligaba a postrarme para que me conociera por dentro.
Así lo hizo. Me atravesó. Entró en mí de extremo a extremo y con él, un dolor desgarrador y un placer divino que casi me arrebata la conciencia. Fui de él en cuerpo y alma, todo yo se le entregó sin complejos, sin preguntas, ¡Dios mío, nunca había estado tan vulnerable (ni siquiera cuando me escupen en la taberna)!
Solo hasta que me depositó su líquido caliente, el suelo dejó de vibrar.
En todo ese tiempo, nadie dijo una palabra, las cosas fluían como si ese momento fuera una escena ensayada y vuelta a ensayar; una escena en la que, a pesar de las repeticiones, aún se desbordaban las emociones del espíritu.
Ahí estaba junto a mí, perfecto y limpio. Era perfecto, nadie podría decir lo contrario, sus rasgos finos, su piel de porcelana, su aroma exquisito; era perfecto y yo tan… tan pestilente, tan repugnante, tan ruin. ¿Qué hacía un ser tan inmundo como yo reposando a su lado? Sólo resaltar su perfección, su insuperable belleza. Ahora sí resultaba evidente que yo era miserable hasta la médula. Ahora no quedaba la menor duda que Dios me había vomitado.
Estaba claro que él pretendía mostrarle, resaltarle al mundo su indudable perfección. Al darme cuenta de sus intenciones, me llené de furia, me enfurecí al grado de echar espuma por el hocico. ¡Qué absurdo debí haberme visto! ¡¡Entregándome a él sin reparo, aullando de placer mientras se burlaba hasta el hartazgo!! ¡Caí como un estúpido en su trampa!
Nunca antes había sentido una rabia similar. Nadie me había hecho sentir tal placer para poder escupirme, para burlarse de mí, para patearme. Nadie había apelado a mi emotividad para mofarse a mis espaldas. Pero este “hombre perfecto”, lo había hecho y con la mayor facilidad, engañándome para obtener mi consentimiento.
¿Acaso pensó, qué no me daría cuenta?, ¿de verdad me subestimó a tal grado? Nadie debería subestimar al vómito de Dios, nadie debería subestimarlo, porque cuando este vomito se enfurece, el mundo debe ponerse a temblar.
Todo eso pasaba por mi cabeza en oleadas mientras intentaba parecer sereno ante los perfectos ojos de aquel descansado hombre perfecto.
Giré mi cuerpo para alcanzar el hacha que, oportunamente, yacía algunos metros hacia mi izquierda. Pero antes, lo pillé mirándome con mofa y repulsión. Esa mirada me hizo enfurecerme aún más y ya sin ninguna intención de disimular, me precipité hacia el hacha para cercenarle cada parte de su perfecto cuerpo. De pronto, el hacha fue demasiado pesada para mis fuerzas y no pude siquiera elevarla del suelo. Él se quedó incrédulo y mantenía su actitud asqueada. ¡¡Oh, no, vaciaría mi furia sobre él con hacha o sin ella!! Y así, ciego por la rabia, me le abalancé al cuello para intentar morderlo con todas mis fuerzas. Estaba dispuesto a devorarlo vivo, a roerle el corazón, si es que lo tenía, a tomar un baño caliente de sangre perfecta de “hombre perfecto”.
Salté directo a la yugular y mordí su carne dura. Si mis manos no respondieron para coger el hacha, mi dentadura parecía de acero enterrada en su pellejo. ¡Qué sabor tan asqueroso el de la carne viva! ¡Qué asco estar comiendo “hombre perfecto”! Pero ese sabor provocaba que mi falo creciera y se hinchara.
Cuando su sangre descendió cual río por mi pecho hasta llegar a mis piernas, el placer explotó y se mezcló con el fluido carmín. Dos fluidos calientes se hicieron uno y eran ya indisociables. ¡Ahhh! Ahora yo era tan perfecto como él, ahora yo lo miraba con mofa. Ahora yo, al lado de un hombre devorado, ensangrentado y moribundo, era mejor, era mejor y no cabía duda.
He venido a encerrarme en mi rincón. Si alguien sabe que claudiqué por amor y que fui engañado, se mofarán de mí infinitamente. Que lo hagan porque soy bufón y esa es mi profesión, pero no porque se enteren que fingieron amarme y después me apalearon. Que nadie se entere que amé a un hombre metido en traje de venado cola blanca. Que les revienten los ojos a los testigos, que les corten la lengua para silenciarlos. Que ese hombre-venado se lleve el secreto a la tumba y que no le diga a nadie que lo amé.
¿Señores, será que ustedes pueden darme un poco de agua?
SKRIABIN YEVGUÉNIEVICH (segunda entrega)
No dudé en alejarme del camino para ver si podía encontrar más leña y aunque mis pies ya estaban bastante cansados, avanzaba más y más pensando que unos pasos adelante habría algún tronco fuera de mi vista. Ustedes pensarán que mi actuar parece el de un masoquista. Piensan bien.
Llegó un momento en que ya no veía la carretilla, ni siquiera el sendero por el que me aparté; había caminado irregularmente y ahora me encontraba en un lugar en el que no había estado antes. Seguía avanzando, era como si mis pies se movieran por sí mismos, hasta que algo los detuvo: un fuerte golpe que azotó mi cabeza y retumbó en toda la montaña precipitadamente.
Las piernas se me doblaron cual hojas tiernas pero, a pesar de que lo natural hubiese sido que perdiera el conocimiento, nunca en mi vida estuve más lúcido y, con todo y el dolor desgarrador que vibraba en mi cabeza, mis sentidos funcionaban al límite.
Los colores eran más brillantes, tanto que debía hacer los ojos dos rendijas para que la luz no atravesara mis retinas; mi olfato era mejor que el del mejor sabueso: mi nariz me daba a conocer la pestilencia de la mierda en los alrededores y eso me hacía exhalar repetidamente materia vomitiva aumentando mi repulsión. Y los sonidos, señores los sonidos eran estruendosos hasta la tortura, quería arrancarme los oídos para no percibir aquel horror pero nada de lo que hacía me aliviaba. Y si eso les parece soportable, el frío había traspasado la gruesa gabardina y me quemaba la piel (debo confesarles que por mi mente pasó la idea de morir congelado) que reaccionaba exageradamente a todo agente externo
Y ahí estaba yo, postrado en la nieve con aquel caudal de aterradoras sensaciones fluyendo por mi cuerpo cuando, varios metros adelante, vi a un muchacho que daba los golpes finales a una liebre. Su espalda cubría al animal pero mis sentidos super desarrollados me hacían saber que era una liebre en agonía. Podía oler su sangre, aún caliente, y podía oír sus tímidos gemidos. El muchacho estaba como embelesado con el animal y no se dio cuenta de mi presencia.
De pronto, como atraído por una piedra imán, volteó y me miró con una expresión cándida y familiar que me hizo olvidar por unos instantes mi sufrimiento y concentrarme en sus hermosos ojos color marrón.
Se levantó dispuesto a ir hacia mí.
Les juro señores que en ese momento el mundo se silenció, el frío se detuvo y el hedor desapareció para dar paso al aroma más exquisito que he percibido en toda mi vida. Lo único que persistió fue mi molestia a la luz, casi cegadora, que estoy seguro, emanaba del muchacho.
... To be continue.
Llegó un momento en que ya no veía la carretilla, ni siquiera el sendero por el que me aparté; había caminado irregularmente y ahora me encontraba en un lugar en el que no había estado antes. Seguía avanzando, era como si mis pies se movieran por sí mismos, hasta que algo los detuvo: un fuerte golpe que azotó mi cabeza y retumbó en toda la montaña precipitadamente.
Las piernas se me doblaron cual hojas tiernas pero, a pesar de que lo natural hubiese sido que perdiera el conocimiento, nunca en mi vida estuve más lúcido y, con todo y el dolor desgarrador que vibraba en mi cabeza, mis sentidos funcionaban al límite.
Los colores eran más brillantes, tanto que debía hacer los ojos dos rendijas para que la luz no atravesara mis retinas; mi olfato era mejor que el del mejor sabueso: mi nariz me daba a conocer la pestilencia de la mierda en los alrededores y eso me hacía exhalar repetidamente materia vomitiva aumentando mi repulsión. Y los sonidos, señores los sonidos eran estruendosos hasta la tortura, quería arrancarme los oídos para no percibir aquel horror pero nada de lo que hacía me aliviaba. Y si eso les parece soportable, el frío había traspasado la gruesa gabardina y me quemaba la piel (debo confesarles que por mi mente pasó la idea de morir congelado) que reaccionaba exageradamente a todo agente externo
Y ahí estaba yo, postrado en la nieve con aquel caudal de aterradoras sensaciones fluyendo por mi cuerpo cuando, varios metros adelante, vi a un muchacho que daba los golpes finales a una liebre. Su espalda cubría al animal pero mis sentidos super desarrollados me hacían saber que era una liebre en agonía. Podía oler su sangre, aún caliente, y podía oír sus tímidos gemidos. El muchacho estaba como embelesado con el animal y no se dio cuenta de mi presencia.
De pronto, como atraído por una piedra imán, volteó y me miró con una expresión cándida y familiar que me hizo olvidar por unos instantes mi sufrimiento y concentrarme en sus hermosos ojos color marrón.
Se levantó dispuesto a ir hacia mí.
Les juro señores que en ese momento el mundo se silenció, el frío se detuvo y el hedor desapareció para dar paso al aroma más exquisito que he percibido en toda mi vida. Lo único que persistió fue mi molestia a la luz, casi cegadora, que estoy seguro, emanaba del muchacho.
... To be continue.
SKRIABIN YEVGUÉNIEVICH (primera entrega)
Aunque no me lo preguntaran a mí me interesaba decirlo, hacerle saber al mundo que mi profesión era la de un bufón, algunos se echaban a reír y otros me daban la espalda con una cara de asco o algo parecido. ¿Qué si no sentía rabia? No, ya estoy acostumbrado a las ofensas; incluso creo que de entre todas las profesiones a mí me tocó la de hacerle saber a los demás que hay existencias más miserables que las de ellos: la mía, por ejemplo. Al verme, la gente se siente mejor porque ven en mí a un ser inferior que los hace parecer mínimamente más afortunados. Les digo que ese trato para mí es de lo más normal.
Pero no los convoqué para hablarles de mi profesión, no, ese es tema que espero poder comentarles a detalle en un futuro, porque causar lástima y repulsión tiene su ciencia. El motivo del fluir de mis palabras es uno mucho más complejo.
Verán, yo… he matado a un hombre… lo he matado a sangre fría y he huido como un cobarde. Lo digo y me estremece la lucidez con que declaro este hecho
No siento remordimiento y eso me sobrecoge porque quizá esté muerto y aún no me he dado cuenta, dicen que cuando uno muere sorpresivamente su alma cae en la cuenta tiempo después. Pero si estuviera muerto no me sobrecogería y, sobre todo, no sentiría esta insoportable sed. Como quisiera beber un poco de agua, aunque fuese de lluvia…
¡Ahhh!, perdonarán mi desvarío pero me ha dado una suerte de fiebre que me hace hilar mis pensamientos rizomáticamente. Pues bien, como les dije antes, he matado a un hombre.
Desde que salí de mi casa sentí un aire malsano, respiraba pero no sentía la satisfacción que dan un par de pulmones llenos hasta el tope, sino que ese aire me raspaba la garganta y lejos de refrescarme, me asfixiaba sutilmente. Con todo y ese aire malsano debía salir por la leña porque, como ustedes sabrán, los inviernos acá en la montaña son terribles. Se hielan los dedos y si uno no los mueve pueden congelarse y quebrarse como vidrio.
Así pues, cogí el hacha y la carretilla y me dirigí a la cúspide porque -perdonen pero me quedo sin saliva- cerca del valle no quedaba ya ni una mísera rama que ayudara. La subida fue pesada pero al cabo de un par de horas llegué poco más abajo de la cima. Vi varios troncos que me servían pero mis cortas manos me impidieron agarrarlos todos en un solo viaje y tuve que volver varias veces para llenar la carretilla. Avancé hacia otro paraje porque aunque ya estaba bastante pesada mi carga sabía que podía aguantar más.
Seguramente lo han experimentado: la angustia que desata un reto provocado por nosotros mismos y superior a nuestras fuerzas, así es el hombre, necio y estúpido por naturaleza, así actué yo hoy en la mañana, justo antes de calentar mis manos con ese fluido caliente rojo carmín.
No dudé en alejarme del camino para ver si podía encontrar más leña.
...To be continue.
Pero no los convoqué para hablarles de mi profesión, no, ese es tema que espero poder comentarles a detalle en un futuro, porque causar lástima y repulsión tiene su ciencia. El motivo del fluir de mis palabras es uno mucho más complejo.
Verán, yo… he matado a un hombre… lo he matado a sangre fría y he huido como un cobarde. Lo digo y me estremece la lucidez con que declaro este hecho
No siento remordimiento y eso me sobrecoge porque quizá esté muerto y aún no me he dado cuenta, dicen que cuando uno muere sorpresivamente su alma cae en la cuenta tiempo después. Pero si estuviera muerto no me sobrecogería y, sobre todo, no sentiría esta insoportable sed. Como quisiera beber un poco de agua, aunque fuese de lluvia…
¡Ahhh!, perdonarán mi desvarío pero me ha dado una suerte de fiebre que me hace hilar mis pensamientos rizomáticamente. Pues bien, como les dije antes, he matado a un hombre.
Desde que salí de mi casa sentí un aire malsano, respiraba pero no sentía la satisfacción que dan un par de pulmones llenos hasta el tope, sino que ese aire me raspaba la garganta y lejos de refrescarme, me asfixiaba sutilmente. Con todo y ese aire malsano debía salir por la leña porque, como ustedes sabrán, los inviernos acá en la montaña son terribles. Se hielan los dedos y si uno no los mueve pueden congelarse y quebrarse como vidrio.
Así pues, cogí el hacha y la carretilla y me dirigí a la cúspide porque -perdonen pero me quedo sin saliva- cerca del valle no quedaba ya ni una mísera rama que ayudara. La subida fue pesada pero al cabo de un par de horas llegué poco más abajo de la cima. Vi varios troncos que me servían pero mis cortas manos me impidieron agarrarlos todos en un solo viaje y tuve que volver varias veces para llenar la carretilla. Avancé hacia otro paraje porque aunque ya estaba bastante pesada mi carga sabía que podía aguantar más.
Seguramente lo han experimentado: la angustia que desata un reto provocado por nosotros mismos y superior a nuestras fuerzas, así es el hombre, necio y estúpido por naturaleza, así actué yo hoy en la mañana, justo antes de calentar mis manos con ese fluido caliente rojo carmín.
No dudé en alejarme del camino para ver si podía encontrar más leña.
...To be continue.
Flujos mentales
Hoy no convoco a los lectores, hoy solo espero que una me lea: la más necia y amargada: yo.
¿Ya oíste? Es la noche que está respirando. Se pone a suspirar estruendosamente hasta llenar sus hermosos pulmones de nube porque sabe que nadie la escucha. No, ya nadie la escucha mas que los enamorados pero... yo no he visto enamorados últimamente, y si me los llego a encontrar les huyo o me volteo porque esa especie no me nada de confianza. Por eso la morena suspira tan a sus anchas, porque cree que nadie la escucha. Me pregunto qué la hará suspirar.
Pa´mí que suspira por cosas de amores. Pa´mí que está bien enamorada del Sol, pero claro, este le huye. Cuando ya están por encontrarse él va y se esconde atrás de esos cerros; la otra llega corre y corre toda agitada a ver si lo alcanza pero... nunca lo ha visto de cerca, nunca ha sentido su calor. ¡Pobrecita noche, tan bonita y tan entristecida!
¿Qué se sentirá ser noche?
No sé lo que se siente ser noche pero sí sé lo que se siente ser yo. Aquí estoy, presa del tedio y la costumbre apelando a la fluidez de mis pensamientos sin que estos respondan bien. Ahora que me acuerdo, ya van varios días que no me responden bien.
A veces creo que mi cerebro, que mis ideas en sí, ya caducaron. Pasó como con la lata de atún olvidada en la alacena: paciente y cerrada esperando entre paquetes de harina y bolsas de frijol, que se acuerden de ella para formar parte de algún deliciosos platillo, pero cuando al fin alguien se acuerda de ella ya resulta inservible y solo sale para ir al bote de basura.
Me pesan los ojos, escribo con dificultad... algo húmedo y ligero cayó en mi muñeca... no es nada más que agüita salada... ¡Ahh, se me salió de los ojos!
¿Es esta agüita la consecuencia de este retumbo en este pecho? ¿O será que es nomás el ojo que se está limpiando?
Yo creo que es lo segundo porque hoy el aire estaba muy sucio: gases pestilentes, palabras contaminantes, miradas tóxicas, sonrisas repulsivas, presencias asqueantes (tanto, que si no me alejo me vomito) ¡Qué bueno que el ojo se limpia de tanta inmundicia!
¡Qué abusada la natura!
¿Ya oíste? Es la noche que está respirando. Se pone a suspirar estruendosamente hasta llenar sus hermosos pulmones de nube porque sabe que nadie la escucha. No, ya nadie la escucha mas que los enamorados pero... yo no he visto enamorados últimamente, y si me los llego a encontrar les huyo o me volteo porque esa especie no me nada de confianza. Por eso la morena suspira tan a sus anchas, porque cree que nadie la escucha. Me pregunto qué la hará suspirar.
Pa´mí que suspira por cosas de amores. Pa´mí que está bien enamorada del Sol, pero claro, este le huye. Cuando ya están por encontrarse él va y se esconde atrás de esos cerros; la otra llega corre y corre toda agitada a ver si lo alcanza pero... nunca lo ha visto de cerca, nunca ha sentido su calor. ¡Pobrecita noche, tan bonita y tan entristecida!
¿Qué se sentirá ser noche?
No sé lo que se siente ser noche pero sí sé lo que se siente ser yo. Aquí estoy, presa del tedio y la costumbre apelando a la fluidez de mis pensamientos sin que estos respondan bien. Ahora que me acuerdo, ya van varios días que no me responden bien.
A veces creo que mi cerebro, que mis ideas en sí, ya caducaron. Pasó como con la lata de atún olvidada en la alacena: paciente y cerrada esperando entre paquetes de harina y bolsas de frijol, que se acuerden de ella para formar parte de algún deliciosos platillo, pero cuando al fin alguien se acuerda de ella ya resulta inservible y solo sale para ir al bote de basura.
Me pesan los ojos, escribo con dificultad... algo húmedo y ligero cayó en mi muñeca... no es nada más que agüita salada... ¡Ahh, se me salió de los ojos!
¿Es esta agüita la consecuencia de este retumbo en este pecho? ¿O será que es nomás el ojo que se está limpiando?
Yo creo que es lo segundo porque hoy el aire estaba muy sucio: gases pestilentes, palabras contaminantes, miradas tóxicas, sonrisas repulsivas, presencias asqueantes (tanto, que si no me alejo me vomito) ¡Qué bueno que el ojo se limpia de tanta inmundicia!
¡Qué abusada la natura!
Murió el maestro José Luis Martínez

La noticia la supe a las 18:10. En El Universal minuto por minuto apareció: el maestro José Luis Martínez había muerto solo unas horas antes de que entrara el equinoccio de primavera. Extrañeza, asombro, ansiedad por decírselo al mundo, a mis compañeros a mi maestro.
Quién era José Luis Martínez.
Era un hombre erudito, apasionado, lector incansable, pero sobre todo, hombre comprometido con las letras mexicanas. Maestro y alumno, heredero directo del maestro Alfonso Reyes, historiador, admirador del poeta Netzahualcóyotl, perfecto prosista, curador de la literatura mexicana. José Luis Martínez es una referencia indispensable para el campo literario mexicano.
Su muerte hace evidente, una vez más, que la inmortalidad se logra a través del trabajo, del trabajo bien logrado porque su cansado cuerpo de 89 años de edad se va a descansar pero su vasta obra seguirá contribuyendo para establecer el peso específico de la literatura mexicana:
“Si vuelvo la vista a mi propio pasado, a partir de aquellos remotos años a finales de mis treintas y a lo largo de 1940 en que me inauguraba, encuentro que objetivamente algo he hecho en el campo de los estudios literarios, aunque mucho menos de lo que cada vez hubiera querido hacer. De mis numerosos años de vida, más de la mitad están dedicados a los estudios mexicanos”. Decía en un discurso de agradecimiento durante un homenaje en Bellas Artes.
Hoy los libros no leídos me han pesado, las ausencias de palabras en mis ojos me han abochornado frente a este hombre que tiene una de las bibliotecas más impresionantes de la historia. Pero al mismo tiempo, me he sentido muy orgullosa pues, a pesar de que las malas lenguas dicen que los mexicanos no leemos, este gran hombre se consagró a las letras y con ello contribuyó para despertar en futuras generaciones esa pasión desbordante por los libros.
Descanse en paz el maestro José Luis Martínez, inspiración y ejemplo para muchos de nosotros.
VI Encuetro de Creadoras de Sueños y Realidades.
Hace algunos días la calurosa ciudad de Hermosillo se impregnó de un aroma maravilloso y se pintó de colores varios; hace algunos días por las calles sonorenses desfilaron mujeres de diversas tierras, reunidas ahí para dar comienzo al VI Encuentro se Creadoras de Sueños y Realidades.
Se hicieron presentes las de México, las de Colombia y las de Argentina quienes dieron a conocer su cultura, su sabiduría, la destreza de sus manos, los bordados de sus ropas, los trenzados en sus cabellos y la palabra de sus pueblos.
Cuatro días fue un tiempo ridículamente corto para mostrar la vastedad multicultural de México y el mundo, pero había que establecer un lapso, porque la brevedad de nuestro paso por la Tierra nos obliga a hablar de tiempos.
Había palabras en lenguas sonoramente hermosas que eran construídas en forma de canto y de poesía; también se apreciaron imágenes que mostraban la exhuberancia de los pueblos y que lograron ser perpetuadas gracias a la cámara de foto; pinturas con colores vibrantes; esculturas que dejaban ver los caminos que recorrío la hábil mano que las creó; bordados exquisitos que reflejaban la paciencia y el cuidado femeninos; videos que la hacían de ventana al interior de las comunidades; pero sobre todo, lo que se dejó ver en este sexto encuentro fue el talento y la fortaleza de los pueblos originarios manifestada a través de sus mujeres.
Ellas vendiendo, ellas hablando, ellas cantando, ellas sin ellos; ellas solas enfrentándose al exigente público, al marchante que quiere una rebaja, a los que las veían como algo raro, exótico y fotografiable; ellas lejos de su hogar, ellas cada vez más fuertes mostrando lo que algunos han llamado el arte indígena.
Al final, entre ellas se reafirmó un vínculo originado hace ya varios años y se robusteció el conocimiento y la creatividad pero sobre todo la hermandad. El regreso a sus comunidades, bendecido en una ceremonia seri, representa una labor de difusión para dar a conocer todo lo que allí se vio y para reforzar la producción artística en sus pueblos.
Ya se verán las caras el próximo año para mostrar sus realidades y hablar de sus sueños.
MUJER INDÍGENA.
Conocí de tí mujer indígena
el significado de tus metáforas,
la importancia de tus luchas,
el valor de tu palabra.
Supe de tí mientras admiraba
el ritmo de tu contoneante falda,
tus colores,tu sensual sonrisa,
la majestuosidad de tu cuerpo
revestido con encanjes y mantas bordadas,
la belleza de tus cabellos adornados con flores y listones.
¡Oh mujer indígena!
Brillas más que el oro de tu filigrana,
tu aroma es más exquisito que el del barro humedecido,
tu voz es más dulce que la panela recién elaborada,
eres más fuerte que el grano de maíz maduro,
y más hermosa que el campo verde meciéndose al viento.
Me he enamorado de tí mariposa de la sierra,
espuma marina, viento de la montaña.
Me he enamorado perdidamente y
Solo ruego poder verte mañana.
Se hicieron presentes las de México, las de Colombia y las de Argentina quienes dieron a conocer su cultura, su sabiduría, la destreza de sus manos, los bordados de sus ropas, los trenzados en sus cabellos y la palabra de sus pueblos.
Cuatro días fue un tiempo ridículamente corto para mostrar la vastedad multicultural de México y el mundo, pero había que establecer un lapso, porque la brevedad de nuestro paso por la Tierra nos obliga a hablar de tiempos.
Había palabras en lenguas sonoramente hermosas que eran construídas en forma de canto y de poesía; también se apreciaron imágenes que mostraban la exhuberancia de los pueblos y que lograron ser perpetuadas gracias a la cámara de foto; pinturas con colores vibrantes; esculturas que dejaban ver los caminos que recorrío la hábil mano que las creó; bordados exquisitos que reflejaban la paciencia y el cuidado femeninos; videos que la hacían de ventana al interior de las comunidades; pero sobre todo, lo que se dejó ver en este sexto encuentro fue el talento y la fortaleza de los pueblos originarios manifestada a través de sus mujeres.
Ellas vendiendo, ellas hablando, ellas cantando, ellas sin ellos; ellas solas enfrentándose al exigente público, al marchante que quiere una rebaja, a los que las veían como algo raro, exótico y fotografiable; ellas lejos de su hogar, ellas cada vez más fuertes mostrando lo que algunos han llamado el arte indígena.
Al final, entre ellas se reafirmó un vínculo originado hace ya varios años y se robusteció el conocimiento y la creatividad pero sobre todo la hermandad. El regreso a sus comunidades, bendecido en una ceremonia seri, representa una labor de difusión para dar a conocer todo lo que allí se vio y para reforzar la producción artística en sus pueblos.
Ya se verán las caras el próximo año para mostrar sus realidades y hablar de sus sueños.
MUJER INDÍGENA.
Conocí de tí mujer indígena
el significado de tus metáforas,
la importancia de tus luchas,
el valor de tu palabra.
Supe de tí mientras admiraba
el ritmo de tu contoneante falda,
tus colores,tu sensual sonrisa,
la majestuosidad de tu cuerpo
revestido con encanjes y mantas bordadas,
la belleza de tus cabellos adornados con flores y listones.
¡Oh mujer indígena!
Brillas más que el oro de tu filigrana,
tu aroma es más exquisito que el del barro humedecido,
tu voz es más dulce que la panela recién elaborada,
eres más fuerte que el grano de maíz maduro,
y más hermosa que el campo verde meciéndose al viento.
Me he enamorado de tí mariposa de la sierra,
espuma marina, viento de la montaña.
Me he enamorado perdidamente y
Solo ruego poder verte mañana.
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